martes, 16 de enero de 2018

CONSIDERACIONES SOBRE EL DÉFICIT PÚBLICO


Según los datos de ejecución presupuestaria publicados por el Ministerio de Hacienda español, el déficit del Estado se redujo hasta octubre pasado al 1,56% del PIB, un 35,1% inferior a la del mismo período del año 2016. Con esta trayectoria es previsible que España pueda abandonar en el 2018 el “Procedimiento de Déficit Excesivo” impuesto por las autoridades europeas.

En el gráfico siguiente observamos la evolución del déficit público español en los últimos años:


El razonamiento habitual suele ser que el sistema impositivo de un país debe ser capaz de pagar los bienes y servicios públicos que ofrece, al igual que los ingresos de una familia deben atender a todos sus gastos. Este pensamiento puede sintetizarse con la expresión “el Estado debe administrar como un buen padre de familia”. Sin embargo, se pueden plantear algunas consideraciones para no demonizar cierto nivel de déficit público.

Una razón para acudir a la emisión de deuda pública en lugar de financiarse con impuestos es que a los ciudadanos les viene bien aplazar el pago correspondiente a la construcción de infraestructuras o mejoras de servicios de educación y sanidad, proyectos que irán beneficiando al país a lo largo de los años. Los pagos se ejecutarán, mediante impuestos diferidos, precisamente cuando se esté disfrutando del bienestar que otorguen las realizaciones. No resulta nada extraño, porque las familias aplazan también el pago de la vivienda o del coche a través de créditos a ir devolviéndolos al tiempo que se utilizan los bienes adquiridos.

Un argumento de mayor peso para justificar el déficit público, que necesita recurrir a la deuda, es la tarea de regular la coyuntura económica. Así, en el caso de una caída de la actividad que ponga en peligro el empleo, el Gobierno puede acometer inversiones orientadas a aumentar la demanda para las empresas, sin tratar de recaudar más impuestos al mismo tiempo.

Se sabe, además, que un déficit público, muchas veces por ejecutar mayor gasto en inversiones, tiene un efecto multiplicador en la producción global del país, facilitando así el incremento de impuestos en los años siguientes, que tenderán a compensar los déficit de períodos anteriores.

Los recursos de los sistemas de capitalización en las pensiones y los beneficios empresariales, unidos al ahorro familiar, suponen un importante volumen de ahorro total, es decir, una menor dedicación al consumo, que las inversiones privadas del sector empresarial no son capaces de compensar para estabilizar la demanda.

Este déficit estructural de demanda para las empresas, que repercute en el nivel de empleo, tiene que ser cubierto con el déficit presupuestario del Estado. Al emitir deuda pública hace posible también que los ahorradores encuentren dónde colocar sus excedentes financieros.

Al considerar que es elevado el nivel de intervención estatal en la economía, se da la paradoja de que algunos grupos exigen una reducción de impuestos, lo cual tiende a crear déficits públicos, que se critican, pero después contribuyen ellos mismos a financiar el endeudamiento público mediante préstamos.

Ocurre que, en lugar de contribuir con la aportación tributaria que establece el sistema impositivo, prefieren evitar el pago de impuestos y prestarlo aprovechando los bonos públicos para obtener rendimientos, forzando así a una alternativa que les favorece, pero que no tiene nada de equitativa.









martes, 9 de enero de 2018

RIESGOS DEL ENDEUDAMIENTO

El año 2017 ha sido bueno para la economía mundial, con un crecimiento del orden del 3,7%. En opinión de los analistas, 2018 será también otro año de crecimiento global, debido el incremento esperado del consumo y de la inversión. La variable preocupante continúa siendo el nivel de endeudamiento acumulado.

Las economías emergentes, que incluyen una veintena de países de rápido crecimiento, entre ellos China e India, han sido las responsables de que la deuda mundial global de hogares, empresas no financieras, gobiernos y entidades financieras alcanzase en el tercer trimestre de 2017 un total de 232,9 billones de dólares, el 318% del PIB mundial.

En los últimos siete años, la deuda externa (aquella que individuos, empresas y gobiernos adeudan al extranjero) de los países emergentes más importantes ha mantenido un ascenso continuo, En los últimos 5 años ha pasado de 4 billones de dólares a 6 billones, con lo que se estima que algunos países emergentes pueden tener dificultades financieras en un próximo futuro, con peligro de que contagien a los demás.

En el endeudamiento del sector privado de una economía se pueden distinguir tres categorías: a) la deuda con suficiente cobertura, en la que el flujo de caja es capaz de cubrir las amortizaciones y los intereses; b) la de tipo especulativo, que se da cuando el efectivo sólo cubre los intereses, sin amortizar los préstamos, y por tanto, recurriendo a la refinanciación, y c) el llamado “tipo Ponzi o Piramidal”, donde el flujo de dinero ni siquiera cubre los intereses, porque los pagos no se pueden realizar con los rendimientos obtenidos, sino recurriendo a los recursos de nuevos aportantes.

El economista estadounidense Hyman Minsky dejó escrito que cuanto mayor sea la proporción de las deudas especulativa y de tipo Ponzi, mayor es el riesgo de que una súbita pérdida de confianza desencadene una oleada de desapalancamiento o impulso por reducir el endeudamiento que ocasione una severa crisis financiera.

En el contexto financiero internacional, con la crisis económica y la reducción de la tasa de beneficio, los sectores empresariales dominantes iniciaron hace una década la transferencia de una parte de sus recursos desde el capital productivo al capital financiero, denominado en ocasiones capital especulativo, lo cual ha ido modificando el equilibrio entre activos financieros y activos reales, dando paso al predominio de las finanzas sobre la economía real. Se puede comprobar que los inversores tienden a retener sus ganancias en forma de dinero líquido, lo cual afecta a la transformación en capital que necesitan los sectores productivos de la economía.

Se impulsó el mercado de los “derivados”, productos financieros de alto riesgo cuyo valor se basa en el precio de otro activo (subyacente) Este mercado está formado por la transacciones de acciones, bonos y fondos, que habían surgido dentro del sistema financiero internacional y vinieron a ser utilizados por los bancos, compañías de seguros, fondos de inversión y fondos de pensiones.

Mientras que el capital productivo tiene una función importante en el proceso de obtención de bienes, el capital financiero no hace más que reproducirse a sí mismo, sin apenas conexión con la economía real. Existe la cultura de recompra de acciones y una incansable extracción de beneficios. Las ganancias obtenidas por las empresas no se reinvierten en puestos de trabajo o crecimiento sostenible.

El peligro es que una parte importante de la deuda de los países en vías de desarrollo se convierta en impagable y presione fuertemente en el sistema financiero. Si eso ocurre, la comunidad internacional tendrá que renegociar las deudas, seguramente de una manera más justa y ordenada de lo que ha hecho hasta ahora.









martes, 2 de enero de 2018

ESPECULACIÓN CON ALIMENTOS

Hace un año, la Comisión Europea presentó la Directiva de Mercados e Instrumentos Financieros (MIFID), para reducir el impacto perjudicial de la especulación sobre los alimentos, pero la ONG “Amigos de la Tierra” y otras organizaciones comprometidas con la soberanía alimentaria ya han denunciado que la Directiva no responde a tal objetivo y han remarcado el impacto de la especulación en la situación de hambre en el mundo.

La soberanía alimentaria se entiende como el derecho de los pueblos a decidir su propio sistema alimentario, con nutrientes producidos de forma sostenible y ecológica, un derecho que se sitúa por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas. Frente al comercio libre y corporativo actual, se da prioridad en la gestión a las economías tanto de mercados locales como nacionales y se reclaman los derechos de los consumidores para controlar su propia alimentación.

Los cambios del clima, que afectan a la oferta, y las tendencias de consumo modificando la demanda, acaban influyendo en el precio de los productos básicos, como el maíz y la soja. A estos condicionantes hay que añadir la actuación de los inversores que especulan con los contratos agrícolas, operaciones que se han incrementado notablemente en la última década, afectando a toda la cadena alimentaria.

Hace siglo y medio que nació el parqué estadounidense “Chicago Board of Trade”(CBOT), un ente diseñado para gestionar el riesgo que suponía para los agricultores estadounidenses la inestabilidad en los mercados, y ha ido abarcando más áreas de la economía, como divisas, minerales y energía, hasta convertirse en un referente a nivel mundial, con más de 15 millones de contratos diarios y 160 países implicados.

En Chicago se negocian contratos de futuros, vinculados a productos agropecuarios, como el azúcar y la carne, poniendo precio a las mercancías que se recibirán en un plazo determinado. Los técnicos explican que el objetivo es proteger al vendedor de la caída brusca del precio y al comprador de las subidas repentinas, pero la realidad es que en las pujas participan inversores que tratan de anticiparse a los cambios, provocando fluctuaciones que influyen en la oferta y la demanda, en muchos casos por motivos difíciles de averiguar.

El impacto de la especulación en los precios de los alimentos es un tema que se debate desde el 2008, cuando las subidas de precios provocaron protestas y se comenzó a señalar como culpables a los grandes fondos de inversión, que inundaron de liquidez los mercados de materias primas, introduciendo activos financieros estructurados. El banco de inversión Goldman Sachs fue pionero.

En el año 2012 los precios alcanzaron el nivel máximo y a partir de 2015 cayeron en picado, unos movimientos que los técnicos del Banco Mundial atribuyen precisamente al importante volumen de transacciones de la última década. En cambio, los operadores del mercado señalan que el último incremento de precios se debió a los desajustes de las materias primas y a la rapidez del crecimiento de la demanda en un momento de alza del precio del petróleo.

Lo cierto es que cuando los inversores financieros en busca de beneficios inundan de dinero un mercado tan pequeño como el agrícola es fácil que se formen burbujas especulativas, que acaban provocando importantes fluctuaciones en los precios finales de los alimentos.



























































martes, 26 de diciembre de 2017

PROSPERIDAD SIN CRECIMIENTO

El crecimiento económico se identifica con el incremento en un indicador conocido como Producto Interior Bruto (PIB), que establece la cantidad de bienes y servicios producidos por el conjunto de los sectores de la economía monetaria.

El PIB no tiene en cuenta el valor generado por la economía no monetaria, a la que pertenecen, entre otras, actividades como el trabajo doméstico, el amplio abanico de los cuidados y otros servicios de ayuda mutua. Como afirmó en 1968 Robert Kennedy, senador estadounidense, “el PIB lo mide todo, salvo lo que hace que merezca la pena vivir la vida”.

Un problema del PIB es que no analiza la evolución de las desigualdades. No es capaz de detectar un crecimiento desequilibrado socialmente; por ejemplo, el que beneficia en su mayor parte al 10% de la población de nivel más alto de renta, contribuyendo así a la ampliación de la desigualdad.

Otro efecto colateral del crecimiento es la degradación de patrimonios medioambientales, como la devastación de algunas selvas tropicales para plantar soja transgénica. Y tampoco contabiliza las pérdidas de riquezas no monetarias.

Hay que resaltar que el PIB crece aún cuando el capital y el trabajo se utilicen para acabar con recursos que podrían ser importantes en el futuro. Por ello, los economistas viene reclamando que entren en funcionamiento otros indicadores con perspectiva más amplia.

Conviene diferenciar entre crecimiento y desarrollo, entendiéndose que desarrollo es un término más amplio que no sólo incluye un aumento del bienestar material, sino también el acceso a la salud, la educación y la cultura.

El crecimiento requiere recursos naturales, algunos de ellos no renovables, como las energías fósiles y los minerales. Otros son renovables, como el agua, las tierras cultivables y los recursos pesqueros, pero según el cómputo de la huella ecológica, están siendo explotados por encima de su capacidad de reproducción. El crecimiento va también asociado al incremento de los gases de efecto invernadero, origen del cambio climático

En el siguiente mapa se recogen los crecimientos previstos de 2017 en las grandes regiones del mundo por la revista “The Economist”. En el tercer trimestre. el PIB de la economía española registró un crecimiento interanual del 3,1%.


La debilidad del crecimiento en los países desarrollados ha puesto de actualidad al debate económico sobre la prosperidad sin crecimiento, llamado por algunos como proyecto de “decrecimiento” o “verde”, aunque más que un tema económico es un proyecto social que viene a cuestionar la dominación de la economía sobre la gestión política.

La teoría del decrecimiento nació en la década de los años 70 y su principal propagador ha sido el francés Serge Latouche, profesor de la Universidad de Paris-Sud. Este nuevo paradigma no presupone fomentar la recesión ni, por supuesto, la depresión económica. Pretende producir valor y fomentar el bienestar reduciendo la utilización de materia y energía.

Algunos caminos del decrecimiento que se apuntan son la producción a escala local y sostenible; la agricultura agroecológica; el cambio del modelo actual de transporte; la desurbanización; el salario máximo; la conservación y reutilización; la reducción del tiempo de trabajo y otros aspectos que permitan crear las condiciones que faciliten una sociedad próspera sin necesidad de crecimiento.










































































martes, 19 de diciembre de 2017

LAS PLATAFORMAS, MERCADOS DE DOBLE CARA

El avance en la economía digital está provocando cambios en las formas de actuar de las empresas en el mercado. Algunas están funcionando como una plataforma, ofertando y demandando productos y servicios a dos grupos de usuarios interesados, relacionados a través de una red. Se pueden citar casos conocidos, como Google, que interactúa con buscadores y publicistas; Uber, situado entre pasajeros y compañías de transporte, y Visa, relacionando consumidores y comercios.

En este tipo de entidades, funcionando como mercados de doble cara, la plataforma es un lugar de encuentro entre dos o más grupos de agentes, demandantes y oferentes de bienes y servicios, a los que ofrece dos tipos de productos de naturaleza complementaria. Así, la plataforma Google ofrece servicios de búsqueda por un lado y, al mismo tiempo, atiende la demanda de espacio a los interesados en publicar contenidos. Por tanto, se sitúa en el centro de un mercado doble: buscadores de información y suministradores de contenidos.

Una característica de la bilateralidad de este tipo de mercados es la presencia de externalidades positivas y negativas. La actuación de un agente, además de afectar directa o indirectamente a otros de su propio mercado, condiciona también en cierto modo a los agentes del otro lado. Por ejemplo, si pensamos en una plataforma de juegos online, un aumento de usuarios, por un lado, incrementa el número de personas con las que se podrá jugar, pero también afecta en el lado de los desarrolladores al volumen de juegos que se ofertan. El resultado es que la plataforma permite gestionar estos efectos de red en beneficio de los dos tipos de agentes.



Los precios que se fijan en los mercados de dos lados o caras de la plataforma son independientes y afectan al valor total generado. Hay que considerar el nivel de precios para cada grupo, la relación entre los precios de ambos lados y la tarifa por utilizar la plataforma. Una de las estrategias suele ser permitir el acceso gratuito a un lado de la plataforma y cargar un precio al otro lado del mercado.

Así, el programa Adobe Acrobat ofrece, por un lado, la gratuidad a los lectores, a modo de compensación por la información que ofrecen para utilizarla en la gestión del Big Data, y cobra a los escritores de contenidos (el otro lado del mercado), que valoran la amplia base de lectores. En el caso de las plataformas de juegos, se subsidian las consolas y se carga a los oferentes de juegos, en algunos casos mediante contratos de exclusividad, que aceptan en la medida en que tienen garantizada una amplia red de usuarios de consolas.

El carácter oligopolístico prima en estos mercados con altos costes de entrada, que suelen acabar concentrando la actividad y los beneficios en un reducido número de empresas dominantes.

En este tipo de mercados resulta difícil distinguir entre las estrategias de precios que constituyen mejoras para los consumidores y usuarios de ambos lados del mercado y los comportamientos monopolísticos que tratan de eliminar competidores.























martes, 12 de diciembre de 2017

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Se conoce como Revolución Industrial a las importantes transformaciones tecnológicas y socioeconómicas que se produjeron en la segunda mitad del siglo XVIII en Europa, especialmente en Gran Bretaña.

Las fuentes de energía para obtener las producciones se habían limitado al fuego, al viento y a la fuerza de seres humanos, caballos, mulas, bueyes y similares, cuando apareció el invento del escocés James Watt consistente en el aprovechamiento de la energía del vapor del agua.

El trabajo manual comenzó a ser reemplazado por la mecanización, y el desarrollo del hierro, junto al avance que supuso el ferrocarril, dieron una gran expansión al comercio en el siglo siguiente. En el impulso del proceso trasformador tuvo especial relevancia, además de la máquina de vapor, la máquina de hilar, un aparato destinado al desarrollo de la industria textil.

La transformación industrial provocó también un importante impacto social y dio lugar al nacimiento del proletariado urbano, conformándose una nueva clase social. Los trabajadores agrícolas aprovecharon las mejores oportunidades que ofrecía el trabajo en las recién construidas fábricas y se inició el movimiento de campesinos a las grandes ciudades.

Hasta el siglo XVIII, la tecnología y las habilidades necesarias en los procesos productivos habían evolucionado muy lentamente de una generación a otra. Pero la nueva era industrial fue introduciendo ideas distintas de una generación a la siguiente, nuevos descubrimientos, cambios en los métodos y nuevas máquinas, dejando obsoletas las ideas y las herramientas anteriores.

Se había iniciado el progreso tecnológico permanente, capaz de ir reduciendo de una generación a otra el tiempo necesario para fabricar los productos. Al ampliar los mercados y especializar la producción con la división del trabajo, se consiguieron economías de escala, reduciendo el coste de los productos.

La aplicación de nueva tecnología supuso una alteración del coste relativo de los factores productivos de la época: trabajo y energía (capital). El uso intensivo de la energía, el carbón, suponía reducir la necesidad del factor trabajo y otorgaba al empresario una “renta de innovación” al apostar por el cambio tecnológico.

Se ha podido comprobar que en Gran Bretaña el coste del trabajo era más alto que en otro países europeos y, en cambio, el carbón abundaba en su suelo. Un escenario así suponía un incentivo económico para intensificar el uso de energía, introduciendo la mecanización y explica en parte que fuese Gran Bretaña el país de inicio de la revolución industrial, que más tarde fue extendiéndose.


Observamos en el gráfico que hacia 1720 comienza a ampliarse la diferencia en la relación clave “Salarios/Coste del capital (energía)” entre Inglaterra y Francia, incentivando la innovación tecnológica en Inglaterra para sustituir trabajo por capital y beneficiarse de la renta proveniente de la mejora tecnológica.

Thomas Malthus, clérigo británico, había descubierto el círculo vicioso del estancamiento del nivel de vida hasta el siglo XVII: la mejora en los salarios aumentaba la población, pero ese incremento poblacional, con rendimientos decrecientes, hacía que descendieran de nuevo los salarios al nivel anterior, de modo que apenas podía haber mejora en el nivel de vida. Fue el progreso tecnológico iniciado en el siglo XVIII el que rompió ese círculo, logrando incrementos de productividad suficientes para sostener un aumento de los ingresos por habitante pese al crecimiento de la población.

El progreso tecnológico ha sido permanente desde entonces, incentivado siempre por la “renta económica de la innovación”, basado en el coste relativo de los factores productivos. Así, la aparición del petróleo como nuevo combustible y del motor eléctrico como fuerza motriz fue la base de la segunda revolución industrial a principios del siglo XX. La productividad se incrementó de manera notable.

A finales del siglo XX la revolución producida en las Tecnologías de la Información y Comunicaciones (TICs) dio lugar a la Sociedad de la Información y fue el desencadenante de la llamada tercera revolución industrial. etapa en la que todavía están ubicadas la mayoría de las naciones que han alcanzado cierto desarrollo.

Recientemente ha surgido la cuarta revolución industrial (Industria 4.0), que se fundamenta en la aplicación de robots integrados en sistemas ciberfísicos, que combinan infraestructura física con procesos digitales. La nueva transformación conllevará un proceso de destrucción creativa y de transformación estructural, con una reasignación de empleo entre los distintos sectores productivos.

Los expertos destacan que no se trata de desarrollos, sino del encuentro de esos desarrollos, lo cual puede representar un cambio de paradigma más que un paso en la evolución tecnológica a gran escala y acelerada velocidad hacia la “fabrica inteligente”, una evolución que tendrá efectos disruptivos sobre el empleo, las habilidades necesarias, la brecha salarial y la desigualdad.





martes, 5 de diciembre de 2017

ECONOMIA DE LAS BURBUJAS

Muchos inversores son conscientes de que la valoración de de los activos financieros empieza a estar inflada como consecuencia de la prolongada intervención de los bancos centrales en los mercados. Sin que aún se afirme que estamos ante una burbuja, se reconoce que el precio de algunos activos está alcanzando valores poco razonables y se teme el efecto que puede tener en España la anunciada retirada gradual de los estímulos financieros del Banco Central Europeo (BCE).

Una burbuja económica se produce cuando el precio de un activo físico o financiero sube muy por encima de su valor real durante un período largo de tiempo, como consecuencia del incremento de su demanda en busca de ganancias especulativas.

El precio puede alcanzar valores muy altos, pero llega un momento en que las compras se van ralentizando, el precio comienza a caer, y el afán de vender rápidamente el activo provoca su desplome, haciendo explotar la burbuja, con pérdidas para los propietarios del activo y, muchas veces, marcando el inicio de un período de recesión económica.

Los procesos de auge y caída tienen en economía tres tipos de argumentaciones: a) la ortodoxa, propia de la economía neoclásica, que atribuye las oscilaciones al libre mercado y a la falta de regulaciones y controles por parte del Estado; b) la perspectiva de los economistas conductuales, que lo atribuyen a la naturaleza irracional humana (exuberancia irracional), los sesgos de los individuos, el exceso de motivación y el riesgo, y c) la intervención del Estado en la economía, con el aumento de la oferta monetaria de los bancos centrales.

Aunque es fácil identificar las burbujas del pasado, resulta muy difícil detectarlas cuando están a punto de estallar. Los valores se inflan cuando los inversores y especuladores valoran de manera exagerada determinados activos, haciendo que los precios aumenten muy por encima de sus valores fundamentales.

En ocasiones, ciertas distorsiones del mercado pueden dirigir la actividad económica a inversiones no productivas o bienes sin demanda suficiente, que finalmente se liquidan, ya que no es posible seguir manteniendo el boom, dando lugar al proceso de reajuste. Pensemos en la reciente burbuja inmobiliaria española, durante la cual llegaron a construirse más de 700.000 viviendas en un sólo año, cuando la demanda estimada no pasaba de 300.000.

En el siguiente gráfico se recogen las evoluciones de la producción residencial y el crecimiento demográfico en España, que dibujan el escenario en el que se desarrolló la burbuja inmobiliaria que estalló en 2008


Observamos la disparidad entre la evolución demográfico, en descenso, y el incremento acelerado del número de viviendas proyectadas.

Las burbujas se han apoyado en diversos tipos de activos a lo largo de la historia. Entre las más conocidas se encuentra la que en el siglo XVII se generó en Holanda, quizás la más estudiada, sobre el precio de los tulipanes, unas flores decorativas de la época. Un siglo más tarde estalló la burbuja especulativa sobre las acciones de las compañías “Mares del Sur y Misisipi”. El crac de 1929 terminó con la burbuja del valor inflado de las empresas industriales. Ya en nuestro siglo, en 2001 estalló el valor de las empresas vinculadas a Internet (“puntocom”) y recientemente la burbuja especulativa sobre las viviendas en España y otros países.

Las etapas generadoras de la burbuja han sido similares en todos los casos conocidos. El valor de cierto activo se empieza a separar del que puede justificarse técnicamente y, bajo el impulso de los especuladores y las facilidades financieras, el precio se infla desmedidamente. Cuando explota la burbuja, la caída no es suave, sino que toma la forma de un desplome repentino.

Las entidades bancarias suelen jugar un papel importante en estos procesos económicos, ya que muchas veces los préstamos y la abundancia de liquidez contribuyen precisamente a inflar más los precios. Al final del proceso, el hundimiento del valor de los activos arruina a los inversores, que no pueden llegar a hacer frente a la devolución de los préstamos recibidos, con lo que los propios bancos se encuentran en dificultades.